

Tener orgasmos se ha convertido en uno de los objetivos principales cuando de disfrutar la sexualidad se trata, ya que ha sido aceptado culturalmente la orgasmofilia como algo positivo. La orgasmofilia se refiere a la unión de las dos palabras: orgasmo y filia: amor (que en realidad como tal, no parecería que llevara implícito en sí mismo una dificultad). Sin embargo, en términos de Sexología Clínica, se considera que no es una buena práctica centrar la atención en tener orgasmos, porque las relaciones sexuales son en sí mismas el fin y no medios para lograr la satisfacción.
En esta misma línea el orgasmo se ha convertido en la vara con la que se mide la relación sexual y el desempeño de los participantes del encuentro erótico. Los hombres difícilmente podrán fingir un orgasmo porque la mayoría de las veces se acompaña de la eyaculación, diferente a las mujeres en donde el orgasmo no siempre va con una manifestación observable. Los orgasmos tienen una particularidad a resaltar y es que no son comparables con los de otras personas, que pueden ser variables en la intensidad de su presentación, inclusive en la misma persona y hay que dejar claro que no siempre se presenta (esto es algo normal).

1. Falta de conocimiento del cuerpo: por la forma de los genitales de las mujeres no salta a la vista la anatomía del clítoris y esto hace que al no conocerse bien el trayecto de este órgano (fundamental para el orgasmo), no se estimule de una manera correcta y la mujer siente la necesidad de fingir que la estimulación que se da o recibe la lleva al orgasmo.
2. Existen problemas de pareja: algunas dificultades y discusiones dentro de la pareja hacen que la mujer no se sienta completamente a gusto en el momento de la relación sexual, por lo tanto no se excita lo suficiente como para lubricar y posteriormente experimentar el placer del orgasmo. Ante la falta de excitación, lo que hace es fingir que lo está logrando porque no puede avanzar de allí, dado que su atención está enfocada en una emoción negativa como podrían ser la rabia, la tristeza, el miedo, entre otras; sin embargo, prioriza este hecho como una “recompensa” para su pareja.
3. No se toman el tiempo suficiente: muchas mujeres se quejan porque el contacto con sus genitales es demasiado rápido, no hay tiempo ni espacio para el preludio o los juegos. Los juegos son necesarios y tomarse el tiempo para disfrutar es necesario, ya que esto tiene una explicación física y es que a medida que la mente se erotiza con los pensamientos al jugar, la pelvis se va llenando de la sangre necesaria para los cambios en la vagina, en la vulva y en el ano, para avanzar hasta el orgasmo. El tiempo usualmente es distinto en hombres y mujeres; no hay uno establecido, pero la mujer puede darse cuenta porque siente que aún no es el momento, pese a esto deja de jugar y recurre a fingir el orgasmo, tal vez priorizando las expectativas de su pareja para agradarle.

4. Malas experiencias previas: las experiencias sexuales anteriores pueden influir en las actuales y el hecho de que una mujer haya tenido un mal momento previo, puede tener que ver con un sentimiento de temor en el presente y debido a esto, experimentar un bloqueo a la hora del orgasmo, por lo que finalmente finge tenerlo para que la relación sexual acabe pronto.
5. Miedo a perder el control: muchas mujeres experimentan temor a perder el control o avanzar en el nivel de excitación por vergüenza a cómo van a reaccionar o de solo pensar que podrían gritar, orinar, llorar, tener movimientos involuntarios o decir frases que en medio del control no dirían. Cuando ocurre esto, lo que sucede es que hay una vigilancia extrema del propio comportamiento regulando a cada paso poder comportarse de una manera adecuada y controlada, perdiéndose del orgasmo y haciendo que finjan un momento de máximo placer sin que esté ocurriendo realmente.

La invitación a todas las mujeres es a reconocer a nivel individual que el orgasmo es el resultado de sentirse seguras, tranquilas y excitadas, esta vivencia da cuenta de los sentimientos positivos hacia sí mismas (que son el resultado de sus pensamientos) y que todas tenemos derecho a manifestarlo de manera real cuando se presenta o de terminar el encuentro con tranquilidad; en caso de no presentarse, sin que esto se convierta en un problema de pareja o de autoestima. Siempre estamos a tiempo de aprender a disfrutar, porque todas las mujeres podemos lograr orgasmos.
Las actitudes están inmersas en una triada que se configura en lo 1) cognitivo (ideas y pensamientos), 2) lo afectivo-emocional y 3) lo comportamental. Entre más coherente sea esta triada con más convicción y rigidez se ejerce esa actitud. Lo emocional da cuenta de las reacciones a estímulos que implican una reacción mental y física llevando a una cascada de pensamientos. El objetivo principal de las emociones es propender por la supervivencia, la integridad y la seguridad del individuo y aquí nos referimos a emociones que, aunque son sanas en su intención, se experimentan de manera desagradable como son el miedo, la rabia e inclusive la tristeza y otros que se derivan de las anteriores.
En lo que respecta a la definición de una actitud sexual, el Dr. López en su libro La educación sexual (2009) plantea que es “una predisposición a opinar, sentir y actuar ante objetos sexuales (pornografía, por ejemplo), situaciones (el desnudo, por ejemplo), personas diferentes (homosexuales, por ejemplo), normas o costumbres sociales (el matrimonio, por ejemplo) y conductas sexuales (sexo oral, por ejemplo)” .
Con respecto a la permisividad, según Reiss, en su libro The Scaling of Premarital Sexual Permissiveness. Journal of Marriage and Family (1964), esta se define como “el grado de afecto involucrado en la relación; la permisividad acepta que las relaciones se den con menos afecto o compromiso y con una mayor variedad de comportamientos sexuales en diferentes contextos (marital, extramarital, premarital)”. También, existe una construcción de conservadurismo-liberalismo sexual (según Hudson, Murphy y Nurius, en A short-form scale to measure liberal versus conservative orientations toward human sexual expression. Journal of Sex Research,1983); donde explican que “hay personas que sienten que la expresión de la sexualidad debe ser limitada y estrechamente regulada vs. personas que sienten que la expresión de la sexualidad debería ser abierta, libre y sin restricciones”.
Las actitudes negativas tienden al pensamiento de que todo lo que incorpore temas sexuales puede ser peligroso, vergonzoso, puede ocasionar dolores físicos o emocionales. Además, estas se caracterizan por presentar una excesiva culpa, miedo y algunas personas consideran que hay que ser muy cuidadosos con la información que se puede transmitir por medio de la educación sexual, porque podría generar una apertura perjudicial para quienes la reciben, por tratarse de niños o adolescentes, que no son aptos para hablar de temas tan “delicados”; por este motivo, incluso, pueden considerar que estos temas deben ser abordados por los padres de familia bajo un control estricto, de lo cual se sabe que, en su mayoría, no son expertos en estos temas, técnicamente hablando.
Desafortunadamente, existen personas en el gremio de la salud y el educativo que pueden transmitir estas actitudes negativas que hacen parte de sus propios mapas y que no corresponden a la realidad científica, lo que genera una descontextualización bastante grave para una sociedad que tiene mucho de qué recuperarse cuando de desinformación se trata. Finalmente, lo que ocurre con todos estos tropiezos es que la sexualidad siga siendo un tabú.
La culpa produce un efecto inhibitorio, lo que interfiere en las conductas sexuales, pero, más que eso, en la experiencia misma. Esta es un mecanismo de control interno de la conducta que restringe las actividades que la persona considera inmorales, no solo surge ante la realización de la actividad, sino de manera anticipada cuando aparece en el pensamiento o en el impulso, lo que se considera una buena alarma, solo si se trata de una acción que puede dañar a otro ser humano, a sí mismo, o al medio ambiente, pero la culpa, en el desarrollo de este tema, se convierte en un freno de mano que no permite que la persona pueda abandonarse (entregarse, dejarse fluir sin prejuicios, sumergirse en la experiencia erótica) de manera plácida en espacios seguros con la pareja que realmente desea compartir por tener ese mal sentimiento.
Algunos autores definen la culpa sexual como una expectativa a un efecto punitivo, que es mediada por uno mismo ante la posibilidad de una conducta sexual propia o con otras personas. Según Mosher y Vonderheide en su escrito Contribution of Sex Guilt and Masturbation Guilt to Women’s Contraceptive Attitudes and Use. The Journal of Sex Research (1985), “La culpabilidad sexual se desarrolla en situaciones que incluyen la emisión de los afectos relacionados con la expresión del erotismo como el deseo, la excitación, el placer, los procesos cognitivos (…) incluye ideas morales, anticipación de recuerdos de situaciones eróticas y de los comportamientos en un contexto sexual (…) conserva escenas psicológicamente magnificadas en un guion que predice, interpreta y controla las futuras escenas eróticas que contienen afectos morales y objetos sexuales”.
El sentimiento de culpa aparece en las personas que han sido educadas o que tienden a ser más vulnerables a la transgresión de normas y que, particularmente, pueden estar unidas a las costumbres que se derivan en la tradición judeo-cristiana, que explica por qué no es posible acceder a un pensamiento sin que pase por el filtro de la culpa, donde no hay permiso de fantasear, no hay libertad en los pensamientos porque este solo hecho reduce las posibilidades de apertura de una persona que, incluso, tiene pensamientos abiertos pero llegan estos juicios sociales que se introyectan.
La culpa hace parte del conjunto de la erotofobia, es decir, fobia que responde al miedo irracional; en este caso sería temor, miedo y rechazo al erotismo. Esta podría ser una característica de la personalidad; por ejemplo, hay individuos que tienen comportamientos autoritarios y que, a la vez, son sexualmente opresivos, además se correlaciona la culpa sexual, menos experiencias sexuales, menor interés por lo erótico, menor volumen de fantasías, etc.
Las personas que presentan mayor culpa sexual tienen mayor dificultad para percibir oraciones de doble sentido, tienden a pensar que la experiencia sexual es para otros y no para ellas mismas. Las actitudes pueden interferir en el discurso; por ejemplo, se ha notado que una persona puede estar bien documentada sobre la fisiología del erotismo y cuando empieza a hablar sobre esto se hacen objetivables signos de ansiedad como el flushing facial, tartamudeo y sudoración, los cuales imposibilitan la comunicación fluida de estos aspectos y esto no es infrecuente en el personal de la salud.
Quienes en sus rasgos de personalidad tienen consigo erotofilia, integran la motivación sexual y mayor anticipación de su actividad sexual, lo que hace que se interesen más por la formación y la utilización de recursos para la protección, por los comportamientos sexuales exentos de riesgo, el uso de preservativos y de los demás métodos anticonceptivos, además de considerarse potencialmente activas sexualmente.
Dentro de las actitudes erotofóbicas están la homofobia. Este término se deriva del prefijo homo, que es equivalente al griego igual, en este caso la orientación sexual direccionada a su mismo sexo de identificación, por ejemplo, un hombre que se siente atraído sexual o románticamente por otro hombre; la fobia, como ya vimos su acepción, incluso puede lindar con el miedo irracional y el rechazo, y más que esto, también el sexismo y el heterosexismo.
El sexismo se refiere a la discriminación de las personas por su sexo, y más concretamente por su género. Lo que más se observa con frecuencia es la subordinación de lo femenino frente a lo masculino. Por ejemplo, el machismo, que se direcciona en detrimento al rol femenino que perpetúa la desigualdad social entre otras desventajas culturales a las que apunta esta actitud sexual erotofóbica. Recordemos que lo anterior, sobre las bases de las creencias acerca de lo masculino y lo femenino, no puede separarse del componente afectivo-emocional y que tiende a unos comportamientos. Estos son solo ejemplos, pues existen mujeres que también pueden tener comportamientos sexistas.
En síntesis, las actitudes sexuales son constructos que, en muchas ocasiones, distan de la realidad cuando de salud sexual se trata, pues tener una cultura que parte de la culpa y no de la salud genera un rechazo tan desproporcionado que desencadena múltiples dificultades a nivel personal y de pareja que traen consigo cuestionamientos individuales y de orden moral que no tienen cabida cuando se hace una evaluación exhaustiva desde la perspectiva del bienestar y la salud, como lo propone la Organización Mundial de la Salud.
Por esto, se requiere más compromiso social, educación de alta calidad que sea laica y que permita que los seres humanos puedan construir maneras saludables de relacionarse desde la infancia y a través de vínculos sanos, con responsabilidad afectiva sin que el potencial erótico sea castrado, sin interferir en la libertad de la mente; cuando se castra ese potencial erótico y se infunden actitudes negativas, ocurren dificultades sexuales que son evitables, y cuando se cultiva la erotofilia, las personas conservan su autoestima, presentan mayor satisfacción con la vida, son libres de preconceptos y de juicios.
La invitación es para cultivar creencias y emociones que tienen evidencia para que el cerebro y el cuerpo tengan mejor disposición al disfrute en cuanto reconocemos que las actitudes, en muchas ocasiones, juegan trampas en la mente y desconectan a las personas de experiencias positivas para su vida.