¿Cómo saber si tenemos actitudes sexuales positivas?

Muchos de los conflictos y de las dificultades que se presentan en la consulta sexológica tienen que ver con las actitudes, es decir, existen ciertas conductas que desde la perspectiva de la Sexología Clínica hacen que se originen, se perpetúen y no mejoren dichos problemas que involucran al individuo, a la pareja e inclusive a la sociedad.

La génesis de estas actitudes tiene que ver con una educación sexual insuficiente o inadecuada que afecta en gran medida a diferentes generaciones que perpetúan algunas distorsiones. Entonces, se hace necesario, comprender de qué se trata para poder hacer intervenciones de calidad y que quienes presentan dificultades en la esfera sexual, puedan desarrollar un criterio más adaptativo y consecuente con la realidad y no con preceptos que no han tenido lugar para una discusión más amplia y académica.

Conozcamos entonces de qué se trata. Una actitud es lo que nos predispone a un comportamiento, así, a lo largo de la vida se van desarrollando variadas predisposiciones en diferentes escenarios que nos hace valorar de una manera favorable o desfavorable ciertas situaciones. Diferentes temas son conocidos porque generan tendencias de este tipo, como la xenofobia, que no es diferente con la sexualidad que genera tanta polémica y prejuicios en todos los entornos.

Con respecto a las emociones, las personas que están convencidas de una idea experimentan una sensación (placentera o displacentera). Por ejemplo, las emociones tienen que ver con el estrés y la ansiedad (real o imaginario), se activan en el sistema nervioso simpático (SNS), que naturalmente prepara a la persona a huir o al ataque.

Lo que es interesante en este apartado, es que la interpretación de una misma situación puede ser diferente si es analizada por un grupo de personas; cada quien, desde su óptica y vivencia personal, donde todos observan lo mismo y de manera subjetiva, le otorgan unos significados diferentes que dependen de las actitudes preexistentes y de la información adicional que proporciona el objeto actitudinal, el contexto y la relacionada con las metas. Así, el componente comportamental es el resultado de las emociones sumado a los pensamientos, explicando toda su estructura.

Las actitudes están inmersas en una triada que se configura en lo 1) cognitivo (ideas y pensamientos), 2) lo afectivo-emocional y 3) lo comportamental. Entre más coherente sea esta triada con más convicción y rigidez se ejerce esa actitud. Lo emocional da cuenta de las reacciones a estímulos que implican una reacción mental y física llevando a una cascada de pensamientos. El objetivo principal de las emociones es propender por la supervivencia, la integridad y la seguridad del individuo y aquí nos referimos a emociones que, aunque son sanas en su intención, se experimentan de manera desagradable como son el miedo, la rabia e inclusive la tristeza y otros que se derivan de las anteriores.

En lo que respecta a la definición de una actitud sexual, el Dr. López en su libro La educación sexual (2009) plantea que es “una predisposición a opinar, sentir y actuar ante objetos sexuales (pornografía, por ejemplo), situaciones (el desnudo, por ejemplo), personas diferentes (homosexuales, por ejemplo), normas o costumbres sociales (el matrimonio, por ejemplo) y conductas sexuales (sexo oral, por ejemplo)” .

¿Por qué se desea incorporar actitudes positivas
hacia la sexualidad y qué impacto puede tener esto?

En el sentido más general, el objetivo es que las personas puedan despojarse de actitudes que no les aportan, sino que, por el contrario, las cargan de culpas y emociones negativas, las conducen a la frustración en el ámbito de la intimidad y hasta afectan de manera importante su ánimo y desencadenan conductas que son desadaptativas y que las hacen sufrir. En casos extremos, esto lleva a la evasión de los encuentros sexuales o a la presentación de enfermedades.

Ahora bien, para que una actitud sexual positiva se origine, es necesario tener información de alta calidad para cada edad, que esté exenta de mitos y cuente con soporte científico. En ese sentido, cuando se integra el conocimiento, se alinean los tres componentes mencionados anteriormente (lo cognitivo, lo emocional y lo comportamental) de una manera más clara, lo cual genera naturalidad, tranquilidad y que las actitudes giren en torno a la seguridad.

¿Cómo saber si
tenemos actitudes
sexuales positivas?

Las personas que tienen actitudes positivas, en general, comprenden que la dimensión sexual es una riqueza y debe ser vivida a plenitud y se comprometen a cultivar su propio erotismo. Del mismo modo, las emociones que acompañan estos pensamientos son también positivas, como interés, alegría, curiosidad, plenitud, tranquilidad, entre otras similares. También, son individuos respetuosos hacia las opciones sexuales de los demás, no se les dificulta hablar sobre temas sexuales y consideran que la educación sexual es necesaria. 

Con respecto a la permisividad, según Reiss, en su libro The Scaling of Premarital Sexual Permissiveness. Journal of Marriage and Family (1964), esta se define como “el grado de afecto involucrado en la relación; la permisividad acepta que las relaciones se den con menos afecto o compromiso y con una mayor variedad de comportamientos sexuales en diferentes contextos (marital, extramarital, premarital)”. También, existe una construcción de conservadurismo-liberalismo sexual (según Hudson, Murphy y Nurius, en A short-form scale to measure liberal versus conservative orientations toward human sexual expression. Journal of Sex Research,1983); donde explican que “hay personas que sienten que la expresión de la sexualidad debe ser limitada y estrechamente regulada vs. personas que sienten que la expresión de la sexualidad debería ser abierta, libre y sin restricciones”.

Las actitudes negativas tienden al pensamiento de que todo lo que incorpore temas sexuales puede ser peligroso, vergonzoso, puede ocasionar dolores físicos o emocionales. Además, estas se caracterizan por presentar una excesiva culpa, miedo y algunas personas consideran que hay que ser muy cuidadosos con la información que se puede transmitir por medio de la educación sexual, porque podría generar una apertura perjudicial para quienes la reciben, por tratarse de niños o adolescentes, que no son aptos para hablar de temas tan “delicados”; por este motivo, incluso, pueden considerar que estos temas deben ser abordados por los padres de familia bajo un control estricto, de lo cual se sabe que, en su mayoría, no son expertos en estos temas, técnicamente hablando.

Desafortunadamente, existen personas en el gremio de la salud y el educativo que pueden transmitir estas actitudes negativas que hacen parte de sus propios mapas y que no corresponden a la realidad científica, lo que genera una descontextualización bastante grave para una sociedad que tiene mucho de qué recuperarse cuando de desinformación se trata. Finalmente, lo que ocurre con todos estos tropiezos es que la sexualidad siga siendo un tabú.

Hablemos sobre
la culpa sexual

Existen muchísimas razones por las cuales, culturalmente, en nuestro entorno existe una valoración muy negativa sobre la sexualidad, porque, incluso, supone transgredir normas sociales. Lo que ocurre con la culpa es que hace parte de las emociones que resultan cuando una persona experimenta a su juicio qué va en contra de sus valores o de los valores de los demás. ¿Qué pasa con la culpa en el cerebro? El contexto del que estamos hablando tiene que ver con una culpa infundada o introyectada que tiene un juicio de valor que no le corresponde; en realidad, también podríamos hablar de la culpa en otros escenarios que merecen otro tipo de análisis y de discusiones, pero eso sería en otro apartado.

La culpa produce un efecto inhibitorio, lo que interfiere en las conductas sexuales, pero, más que eso, en la experiencia misma. Esta es un mecanismo de control interno de la conducta que restringe las actividades que la persona considera inmorales, no solo surge ante la realización de la actividad, sino de manera anticipada cuando aparece en el pensamiento o en el impulso, lo que se considera una buena alarma, solo si se trata de una acción que puede dañar a otro ser humano, a sí mismo, o al medio ambiente, pero la culpa, en el desarrollo de este tema, se convierte en un freno de mano que no permite que la persona pueda abandonarse (entregarse, dejarse fluir sin prejuicios, sumergirse en la experiencia erótica) de manera plácida en espacios seguros con la pareja que realmente desea compartir por tener ese mal sentimiento.

Algunos autores definen la culpa sexual como una expectativa a un efecto punitivo, que es mediada por uno mismo ante la posibilidad de una conducta sexual propia o con otras personas. Según Mosher y Vonderheide en su escrito Contribution of Sex Guilt and Masturbation Guilt to Women’s Contraceptive Attitudes and Use. The Journal of Sex Research (1985), “La culpabilidad sexual se desarrolla en situaciones que incluyen la emisión de los afectos relacionados con la expresión del erotismo como el deseo, la excitación, el placer, los procesos cognitivos (…) incluye ideas morales, anticipación de recuerdos de situaciones eróticas y de los comportamientos en un contexto sexual (…) conserva escenas psicológicamente magnificadas en un guion que predice, interpreta y controla las futuras escenas eróticas que contienen afectos morales y objetos sexuales”.

El sentimiento de culpa aparece en las personas que han sido educadas o que tienden a ser más vulnerables a la transgresión de normas y que, particularmente, pueden estar unidas a las costumbres que se derivan en la tradición judeo-cristiana, que explica por qué no es posible acceder a un pensamiento sin que pase por el filtro de la culpa, donde no hay permiso de fantasear, no hay libertad en los pensamientos porque este solo hecho reduce las posibilidades de apertura de una persona que, incluso, tiene pensamientos abiertos pero llegan estos juicios sociales que se introyectan.

La culpa hace parte del conjunto de la erotofobia, es decir, fobia que responde al miedo irracional; en este caso sería temor, miedo y rechazo al erotismo. Esta podría ser una característica de la personalidad; por ejemplo, hay individuos que tienen comportamientos autoritarios y que, a la vez, son sexualmente opresivos, además se correlaciona la culpa sexual, menos experiencias sexuales, menor interés por lo erótico, menor volumen de fantasías, etc.

Las personas que presentan mayor culpa sexual tienen mayor dificultad para percibir oraciones de doble sentido, tienden a pensar que la experiencia sexual es para otros y no para ellas mismas. Las actitudes pueden interferir en el discurso; por ejemplo, se ha notado que una persona puede estar bien documentada sobre la fisiología del erotismo y cuando empieza a hablar sobre esto se hacen objetivables signos de ansiedad como el flushing facial, tartamudeo y sudoración, los cuales imposibilitan la comunicación fluida de estos aspectos y esto no es infrecuente en el personal de la salud.

Quienes en sus rasgos de personalidad tienen consigo erotofilia, integran la motivación sexual y mayor anticipación de su actividad sexual, lo que hace que se interesen más por la formación y la utilización de recursos para la protección, por los comportamientos sexuales exentos de riesgo, el uso de preservativos y de los demás métodos anticonceptivos, además de considerarse potencialmente activas sexualmente. 

Dentro de las actitudes erotofóbicas están la homofobia. Este término se deriva del prefijo homo, que es equivalente al griego igual, en este caso la orientación sexual direccionada a su mismo sexo de identificación, por ejemplo, un hombre que se siente atraído sexual o románticamente por otro hombre; la fobia, como ya vimos su acepción, incluso puede lindar con el miedo irracional y el rechazo, y más que esto, también el sexismo y el heterosexismo.

El sexismo se refiere a la discriminación de las personas por su sexo, y más concretamente por su género. Lo que más se observa con frecuencia es la subordinación de lo femenino frente a lo masculino. Por ejemplo, el machismo, que se direcciona en detrimento al rol femenino que perpetúa la desigualdad social entre otras desventajas culturales a las que apunta esta actitud sexual erotofóbica. Recordemos que lo anterior, sobre las bases de las creencias acerca de lo masculino y lo femenino, no puede separarse del componente afectivo-emocional y que tiende a unos comportamientos. Estos son solo ejemplos, pues existen mujeres que también pueden tener comportamientos sexistas.

En síntesis, las actitudes sexuales son constructos que, en muchas ocasiones, distan de la realidad cuando de salud sexual se trata, pues tener una cultura que parte de la culpa y no de la salud genera un rechazo tan desproporcionado que desencadena múltiples dificultades a nivel personal y de pareja que traen consigo cuestionamientos individuales y de orden moral que no tienen cabida cuando se hace una evaluación exhaustiva desde la perspectiva del bienestar y la salud, como lo propone la Organización Mundial de la Salud.

Por esto, se requiere más compromiso social, educación de alta calidad que sea laica y que permita que los seres humanos puedan construir maneras saludables de relacionarse desde la infancia y a través de vínculos sanos, con responsabilidad afectiva sin que el potencial erótico sea castrado, sin interferir en la libertad de la mente; cuando se castra ese potencial erótico y se infunden actitudes negativas, ocurren dificultades sexuales que son evitables, y cuando se cultiva la erotofilia, las personas conservan su autoestima, presentan mayor satisfacción con la vida, son libres de preconceptos y de juicios.

La invitación es para cultivar creencias y emociones que tienen evidencia para que el cerebro y el cuerpo tengan mejor disposición al disfrute en cuanto reconocemos que las actitudes, en muchas ocasiones, juegan trampas en la mente y desconectan a las personas de experiencias positivas para su vida.

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